Leyendo al
maestro Mikhaël Aivanhov Omraam. Una cosa se me ha quedado grabada a fuego.
El bien y el
mal sirven a la vida.
Efectivamente
la vida es una continua lucha entre el bien y el mal. Luego el mal tiene
derecho propio para reivindicar su existencia, porque lo que es, es.
Pero el mal
no lo desea nadie, al menos para sí. Luego nos situamos en contra del mal y
anhelando el bien, siempre. Tomamos partido, y caemos de hoz y coz en la
dualidad, el “el juego del Lilah”, la danza kosmica (con K, según Ken Wilber),
el juego de Dios. Nos convertimos entonces en esclavos del hechizo de maya.
Los
rosacruces, los cristianos etc., preconizan el amar hasta a tu enemigo. Si amas
a tu enemigo, entonces estás viendo más lejos que la simple aversión al mal
representado por quien te puede hacer daño. Estas viendo desde una posición más
elevada y con mayor perspectiva. Probablemente sepas que todo en tu vida es lo
que creas tú. Absolutamente todo. Si tienes mal, lo has creado tú. Si tienes
bien también. Entonces si de la vida recibes mal en manos de un enemigo. Tómalo
como una bendición que te corrige del error, ya que repito, el mal que recibes
se debe a un error tuyo, en esta vida o en pasadas vidas. Y los errores se
pagan para aprender. Y todos cometemos errores. Esta es la vida. Si nos situamos en una posición neutra entre el
bien y el mal, nos situamos fuera del juego de Dios. Y podemos conseguirlo sin
estar muertos. Entonces le descubrimos el juego a Dios, y Dios nos premia con la
gloria en este mundo.
Estamos
empeñados en hacer revoluciones para favorecer el bien. Está bien hacerlas,
pero sin muertes ni destrucción. Hacer “la revolución de la serpiente” hecha “sin
pisar ni la flor ni la zarza”. ¿La mejor revolución?.Descubrirle el juego a Dios. Entonces tendremos precisión de cirujano,
para operar en el siempre cambiante maya. Tendremos la más amplia visión, para
nuestra particular gloria, y para ayudar al hermano.
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